Aunque la iniciativa Marvel NOW se centra y renueva sobre todo a los Vengadores y sus miembros los X-Men también participan en ella ¡y de qué manera!
Así que pasando a ellos, X-Men Legacy es otra serie de las que sobrevive pero, en la nueva etapa, cambia de protagonista como Journey into Mystery.
Se centrará en las aventuras de Legión, un personaje que, como veréis, cobrará una nueva vigencia como resultado del final de Avengers vs. X-Men.
Para los que no lo conozcáis, David Haller es el hijo de Charles Xavier y Gabrielle Haller, una judía israelita superviviente a los campos de concentración que Charles trató durante su tiempo en Israel, lugar en el que también conoció a Magneto.
David sufre desde la niñez un problema mental de personalidades múltiples, y viene a ser tan problemático para su padre como Franklin Richards lo es para los 4F.
Los que queráis saber más sobre su historia, podéis consultar la etapa de New Mutants de Claremont y Sienkiewick, en la que el personaje fue introducido.
Legión fue también el culpable de la creación del mundo alternativo de Age of Apocalypse, y recientemente ha creado una nueva realidad similar en la saga Age of X.
Spurrier es un joven y arriesgado guionista británico, tan transgresor como pudo serlo el Morrison de Doom Patrol. Así que de esta serie podemos esperar lo inesperado.
Y ójala Eng Huat desate su mejor y personal estilo de dibujo para ilustrar la odisea psíquica de uno de los más poderosos y peligrosos mutantes sobre la Tierra.
En definitiva, un comic de mutantes para los que les gusta lo alternativo y experimental.
Manhattan Comics es tu librería de confianza especializada en Cómics. Amamos los cómics, así que aquí encontrarás los mejores de todo el mundo, un lugar donde conversar sobre tus cómics, resolver tus dudas de lectura y donde te vamos a asesorar eficazmente sobre qué leer, ofreciéndote guías de lecturas y todo tipo de apoyo para leer tus cómics.
lunes, 29 de octubre de 2012
domingo, 28 de octubre de 2012
MULTIVERSITY DE MORRISON, ANTECEDENTES: JLA TIERRA - 2
Siguiendo con los antecedentes de Multiversity, el próximo proyecto del guionista escocés Grant Morrison, hoy vamos a hablar de JLA: Tierra 2.
Como podréis aventurar, se trata de un tebeo escrito por el mismo Morrison, claro. El dibujo corre a cargo de Frank Quitely, colaborador habitual del guionista escocés en obras como New X-Men, por ejemplo.
Antes de hablar de esa Novela Gráfica en sí, hay que tener en cuenta que DC contaba con un incontable número de tierras alternativas (las podéis encontrar listadas en un post anterior del blog) hasta que a mediados de los 80 quiso simplificar las cosas a los lectores, quienes se encontraban de repente con cosas tan pintorescas en los comics como una historia entre Superman y Lois Lane o, en la serie regular de Wonder Woman, a una Diana que repartía estopa a los Nazis.
Pues bien, todo eso llego a su relativo fin tras la maxiserie Crisis en Tierras Infinitas de Wolfman y Perez, de la que hablaremos más adelante en estos mismos antecedentes, así que ahora no entraremos en detalles.
El caso es que una señal de identidad de DC ha sido siempre que dispone de tierras alternativas, así que la cosa no podía durar eternamente. Si bien nunca se dejo morir del todo ese concepto con los “Elseworlds” o con el “Hipertiempo”, que no dejaban de ser en el fondo variantes de las tierras alternativas de toda la vida, Grant Morrison fue el encargado de devolverlas a la actualidad.
Vayamos por partes. Como sabrán muchos de los veteranos, la Tierra - 2 original fue la tierra en la que vivían los héroes que habían poblado DC durante la edad dorada del cómic, como la JSA.
A su vez, existía una Tierra – 3 en la que el Sindicato del Crimen (una versión “villanizada” de la Liga de la Justicia) dominaba el cotarro, siendo el único héroe de ese mundo un Lex Luthor que estaba del lado de los ángeles.
Pues bien, para la Novela Gráfica de JLA: Tierra – 2, Morrison lo que hizo fue nada más y nada menos que coger la Tierra – 3 original y actualizarla con el nombre de Tierra – 2, ni más ni menos. Esto es, mostrarnos un mundo en el que las reglas funcionaban al revés, los villanos ganaban siempre y el Sindicato del Crimen campaba a sus anchas.
Por supuesto, el Lex Luthor de esa Tierra no podía estar muy lejos, haciendo heroicidades y trasladándose a Tierra - 1 en pos de héroes que le ayudasen a derrocar a esos villanos. Es de perogrullo decir que acaba acudiendo a la JLA.
No quiero destriparos mucho más de la historia, ya que merece la pena que intentéis haceros con ella (por ejemplo, está incluida en un tomaco editado por Planeta en la que se reeditaba la etapa de Morrison en la Liga de la Justicia). Sin embargo si que os diré que estaba llena de guiños y homenajes a las historias clásicas de Tierras Alternativas que poblaban los tebeos DC de antaño: El propio Sindicato del Crimen, la armadura verde de Luthor (que a raíz de este cómic recuperó tras un tiempo de ostracismo), Owlman y su identidad secreta (que tanto ha parecido gustarle a Snyder), etc.
Ya sólo por quitar el veto hacia otras tierras que parecía estar vigente, merece la pena este tebeo de Morrison, un enamorado de estas historias de mundos alternativos. Justo es que sea él quien se vaya a ocupar de Multiversity.
Para acabar, he de decir que existe un correcto film de animación de DC que adapta esta historia.
MARVEL NOW: JOURNEY INTO MYSTERY
Tras la sorprendente etapa de Gillen al frente de las aventuras de Kid Loki, la serie secundaria de la franquicia de Thor pasa a ser protagonizada por Lady Sif, el interés romántico de Thor y un personaje que seguro que será desarrollado en la próxima película del personaje.
Al frente de esta "Wonder Woman" marveliana tenemos a otra mujer: Kathryn Immonen, esposa del famoso artista Stuart Immonen y guionista que ha demostrado en varias ocasiones su bien hacer, como en el caso de la miniserie de Hellcat.
Valerio Schiti es el INMENSO descubrimiento de esta serie, un artista italiano recién llegado al mercado USA pero en quien se adivina la calidad de una formación en el "fumetti" europeo.
Las historias explorarán el mundo de los dioses nórdicos, un universo de espada y brujería que muchas veces solo podemos ver de refilón en las aventuras más superheróicas de Thor.
¿No estáis aún convencidos sobre esta serie...?
No pasa nada.
Mirad:
¿A QUE AHORA SI ESTÁIS TODOS CONVENCIDOS...? ;-)
Al frente de esta "Wonder Woman" marveliana tenemos a otra mujer: Kathryn Immonen, esposa del famoso artista Stuart Immonen y guionista que ha demostrado en varias ocasiones su bien hacer, como en el caso de la miniserie de Hellcat.
Valerio Schiti es el INMENSO descubrimiento de esta serie, un artista italiano recién llegado al mercado USA pero en quien se adivina la calidad de una formación en el "fumetti" europeo.
Las historias explorarán el mundo de los dioses nórdicos, un universo de espada y brujería que muchas veces solo podemos ver de refilón en las aventuras más superheróicas de Thor.
¿No estáis aún convencidos sobre esta serie...?
No pasa nada.
Mirad:
¿A QUE AHORA SI ESTÁIS TODOS CONVENCIDOS...? ;-)
MARVEL NOW DEADPOOL
Deadpool no quiere perderse la fiesta y estrena también serie nueva con Posehn, Duggan y Moore.
Los guionistas son nuevos en Marvel pero al dibujante, colaborador de Remender en Fear Agent, si lo tenemos ya "fichado" y parece que trae nuevos bríos para esta serie.
Por lo demás, el personaje de Deadpool, cada vez más de moda, sigue representando el lado más gamberro, irreverente e hilarante de Marvel, disputándole a Spidey el puesto que ocupó durante décadas.
Deadpool contará con un nuevo videojuego que, a juicio de su creador, Rob Liefeld, facilita mucho el proyecto de película sobre el personaje, algo que Marvel lleva años persiguiendo.
Aquí lo tenéis destripando ha cierto lagarto atómico que esta vez ha cambiado Tokyo por New York.
Por supuesto, Deadpool seguirá apareciendo por doquier en el Universo Marvel y, como pronto veremos, SE INTEGRARÁ EN UN NUEVO SUPERGRUPO, aún no diremos cual, pero le hace juego con los colores de su uniforme. ;-)
Eso si, lo que quiere el bueno de Wade es ser miembro de los Vengadores, como Lobezno, aunque estos no estén por hacerle mucho caso...
De momento, para corroborar su actual éxito, ya se ha colado ni más ni menos que en la portada (alternativa) del Avengers # 1, bailando el Gangnam Style.
Los guionistas son nuevos en Marvel pero al dibujante, colaborador de Remender en Fear Agent, si lo tenemos ya "fichado" y parece que trae nuevos bríos para esta serie.
Por lo demás, el personaje de Deadpool, cada vez más de moda, sigue representando el lado más gamberro, irreverente e hilarante de Marvel, disputándole a Spidey el puesto que ocupó durante décadas.
Deadpool contará con un nuevo videojuego que, a juicio de su creador, Rob Liefeld, facilita mucho el proyecto de película sobre el personaje, algo que Marvel lleva años persiguiendo.
Aquí lo tenéis destripando ha cierto lagarto atómico que esta vez ha cambiado Tokyo por New York.
Eso si, lo que quiere el bueno de Wade es ser miembro de los Vengadores, como Lobezno, aunque estos no estén por hacerle mucho caso...
De momento, para corroborar su actual éxito, ya se ha colado ni más ni menos que en la portada (alternativa) del Avengers # 1, bailando el Gangnam Style.
¡Llega el segundo volumen de 'El esclavo de la rosa'!
"El Conde la Rosa Negra es un oscuro personaje que vaga por las noches del París de la luz, sus intenciones no están claras. Pero todo París está aterrorizado por las acciones de este enigmático hombre... Todos no, un joven noble llamado Hans ha empezado a tener al Conde como fuente de inspiración para sus relatos, algo que se podría volver en su contra..."
Así comenzó toda la historia. Con este resumen del tomo 1 por parte de Nowevolution, ¿a quién no le interesaría un poquito leer el trabajo de Javi Cuho (guionista) y Van Durán (dibujante)?
Tal y como la editorial anunció, el segundo tomo de "El esclavo de la rosa" estará a la venta a partir del 29 de octubre (con motivo del VIII Salón del Manga de Barcelona) junto a muchas otras novedades, y costará 7€.
"Mientras los ecos de una inminente revolución resuenan bajo el cielo de toda Francia, las calles de París se agitan ante las últimas apariciones del Conde de la Rosa Negra. Hans sabe que por fin ha llegado el momento de romper sus cadenas y atreverse a vivir todo aquello que desde hace años ha imaginado en las páginas de sus relatos..."
Después del retraso de más de medio año (ya que estaba previsto que saldría en marzo), no podemos esperar más para leerlo y, es que, el final del primer tomo nos dejó con toda la miel en la boca...
Podéis leer la preview de este tomo a continuación:
El Esclavo de la Rosa vol.2 / Nowevolution
Después del segundo y último volumen todas los interrogantes que quedaron abiertos tras el primer número se resolverán. ¿Cuál de todos es el que más os pica la curiosidad? Por mi parte, me encantaría que se aclarara el asunto del Conde, aunque ya se ve por donde van los tiros en cuanto a su identidad...
Fuente: Nowevolution
Así comenzó toda la historia. Con este resumen del tomo 1 por parte de Nowevolution, ¿a quién no le interesaría un poquito leer el trabajo de Javi Cuho (guionista) y Van Durán (dibujante)?
Tal y como la editorial anunció, el segundo tomo de "El esclavo de la rosa" estará a la venta a partir del 29 de octubre (con motivo del VIII Salón del Manga de Barcelona) junto a muchas otras novedades, y costará 7€.
"Mientras los ecos de una inminente revolución resuenan bajo el cielo de toda Francia, las calles de París se agitan ante las últimas apariciones del Conde de la Rosa Negra. Hans sabe que por fin ha llegado el momento de romper sus cadenas y atreverse a vivir todo aquello que desde hace años ha imaginado en las páginas de sus relatos..."
Después del retraso de más de medio año (ya que estaba previsto que saldría en marzo), no podemos esperar más para leerlo y, es que, el final del primer tomo nos dejó con toda la miel en la boca...
Podéis leer la preview de este tomo a continuación:
El Esclavo de la Rosa vol.2 / Nowevolution
Después del segundo y último volumen todas los interrogantes que quedaron abiertos tras el primer número se resolverán. ¿Cuál de todos es el que más os pica la curiosidad? Por mi parte, me encantaría que se aclarara el asunto del Conde, aunque ya se ve por donde van los tiros en cuanto a su identidad...
Fuente: Nowevolution
sábado, 27 de octubre de 2012
Before Trinity War...
![]() |
| Portada del Justice League #16 por Ivan Reis y Joe Prado |
Una de las noticias más impactantes que recibimos el verano pasado fue la de la marcha de Geoff Johns e Ivan Reis de la serie Aquaman. No podemos negar que Aquaman no ha sido siempre un personaje altamente apreciado por los fans (jolín, lo que me ha costado adaptar la expresión "fan-favourite"!) Algunos quedamos sorprendidos con el anuncio de una nueva serie con el personaje tras la Noche más Oscura pero averiguamos que era una apuesta personal del autor Tratándose no solo del rey midas para DC si no tambien el CCO (Jefe del Departamento Creativo) de la casa ¿como podían negarse?
Esa noticia despertó grandes inquietudes en el corazón de los fans: en una serie cuyo relativo éxito recaía evidentemente en el trabajo de dos de los mejores autores que ahora mismo tiene el staff DC ¿sobreviviría Aquaman al cambio? ¡Respirad tranquilos chicos! Por el momento sólo se ha confirmado la marcha de Ivan Reis como remplazo de Jim Lee en Justice League mientras ambas colecciones se embarcan en un nuevo crossover que hará que sus destinos esten unidos en los próximos meses: Throne of Atlantis
Despues que Johns se haya esforzado durante un año en ofrecernos historias de Aquaman novedosas y sorprendentes, colocándolo en situaciones para nada habituales para el personaje, ha llegado el momento de explorar aún más el personaje en una maniobra totalmente estudiada por el escritor. Throne of Atlantis será sólo una de las muchas historias relacionadas con la Justice League y destinadas a profundizar y desarrollar estos personajes dentro del NuDC. "Descubriremos secretos de cada miembro del grupo que los otros no conocían. Este año vamos a probar al equipo de un modo en el que aún no lo han sido, cada uno tendrá una gran revelación a nivel personal".
Este nuevo enfoque para los personajes no sólo se centrará a los héroes sino que también lo hará en los villanos y hasta en la misma Atlantis: "Atlantis es será algo más de lo que cualquiera se pueda esperar. Será algo más que un ejército oculto bajo las aguas. Tendrán su propio punto de vista. Será algo mucho más complejo" ha declarado el escritor. "El Amo del Oceano, el hermano de Arthur y actual monarca de Atlantis, no esta interesado en absoluto en la superficie pero se siente forzado a intervenir..."
![]() |
| Portada del Aquaman #16 por Eddy Barrows y Eber Ferreira, con el regreso de The Trench |
El crossover signficará el cambio definitivo del equipo artístico. Mientras el artista brasileño se dirige a dibujar a los Siete Grandes será sustituido en la serie Aquaman por Paul Pelletier, un viejo conocido ya en DC. Sin querer pretenderlo, esta historia servirá un poco como transición entre los artistas y, aunque cualquier artista se sentiría intimidado por la labor de sustituir a Reis, Pelletier parece preparado para ello. "Ivan Reis ha establecido unos altos estándares para el arte en Aquaman, por lo que tengo llenar unos zapatos muy grandes. Creo que Aquaman va a ser algo muy divertido en lo que trabajar asi que me enfrentaré al reto" Creo que no tendremos nada por lo que preocuparnos. Sus habilidades han mejorado mucho desde su paso por series como Flash o Titans, como su reciente paso por la serie The Incredibles Hulks o Guardians of the Galaxy ha demostrado. Estoy seguro que hará un gran trabajo.
Ivan Reis se enfrenta a un reto similar al sustituir a Jim Lee en Justice League. "Respetaré el estilo de Jim Lee, pero trataré de hacerlo funcionar a mi manera. Trataré de encontrar el modo perfecto para hacer que los trajes funcionen con lo que yo hago. Por supuesto, algunas cosas cambiarán pero trataré de seguir los diseños arreglando algunas cosas para que se ajuste a mi estilo" ha declarado el artista. "Normalmente, no preparo nada antes de empezar a hacer un arco como este. Dejo que las cosas pasen, descubriéndo como hacerlo mientras dibujo, por lo que mi Aquaman en "Justice League" podrá ser diferente del que he estado haciendo hasta ahora en su propia serie" Con el talento que tiene seguro que no saldremos decepcionado.
El crossover comenzará con el Aquaman #14 (Prelude to Throne of Atlantis) y Justice League #15 (Throne of Atlantis : Chapter 1) y culminará en el Aquaman #16 (Throne of Atlantis: Chapter 04) y Justice League #17 (Throne of Atlantis: Finale!) resultando imprescindible adquirir todos los números para poder seguir la historia. Seguro que será una historia que traerá muchas repercusiones para el futuro del NuDC..
Hasta muy pronto!!
(Fuentes: Comic Book Resources y DCcomics.com)
miércoles, 24 de octubre de 2012
ABRACADABRONES - Relato de terror para Halloween por Carlos Martí
Para ser precisos, aún en el caso de haberse llevado a cabo las directrices de tan
esforzados padres ─Tomás y Anabel, siempre encantados de conocerse─, el homenajeado
tampoco hubiera quedado satisfecho. La diversión del infante estaba lejos de constituir ningún
tipo de prioridad. Había cosas más importantes en juego que menudencias de tal calibre.
Tomás y Anabel, o Anabel y Tomás, que solo ellos dos concedían importancia ─mucha─ a tal cuestión, eran dos abogados de gran reputación pertenecientes a una firma cuyo nombre solo debía pronunciarse desde el centro de un pentagrama pintado con la sangre de los litigantes a los que acababan de arruinar. Siempre hambrientos de añadir nuevas amistades ─presas─ a su círculo social, no perdían la ocasión de celebrar fechas tan señaladas como aquella para estrechar lazos ─al cuello y al bolsillo─ con la más selecta ─¡ejem!─ élite de la ciudad.
A pesar de su tierna edad, Quico tenía sobrada experiencia en saber cómo eran sus padres, cómo eran sus convidados y cómo iba a ser su fiesta de cumpleaños.
Una mierda.
Era un muchachuelo regordete, de cabello cobrizo, sonrisa dentuda y que aparentaba unos cuantos años más que cualquiera de su clase. Celebraba su décimo cumpleaños, y sus progenitores, esposos entregados a la felicidad de su anexo desgravable a Hacienda, habían alquilado una terraza de inmejorables vistas urbanas en lo alto de un magnífico hotel. Para beber, se ofrecieron gaseosas baratas para los críos y buen licor para los padres. Disponían, además, de un distinguido servicio de catering con variados canapés, huevos rellenos decorados con diferentes motivos, tostaditas crujientes, tarros de coloridas salsas, empanadillas y otras muchas exquisiteces. Las habían colocado ordenaditas en las bandejas de plata como si se tratase de un desfile de soldados que a paso marcial habían sido destinados a primera línea de combate de una guerra cruenta y atroz que nunca entenderían. El enemigo, de muy buen saque, por cierto, masacró los batallones a los diez minutos de verse las caras. Los padres invitados ─el enemigo─ eran socios, clientes, rivales y contactos de renombre; en definitiva, todos aquellos que bien valía la pena tener a la vista.
Según observó Quico, hasta invitaron a alguno de sus amigos a la fiesta. Un error lo tenía cualquiera.
Allá a las seis de la tarde, por eso de que los críos se callasen de una vez, empezó el espectáculo. Los espectáculos, mejor dicho. No en vano, todo era poco para celebrar lo que estuvieran celebrando.
Los payasos fueron decepcionantes. Un hombre y una mujer, vestidos con trajes de colores estrafalarios y numerosas capas de pintura chillona en la cara, se afanaron por distraer a los niños con falsas caídas, cachiporras de goma, globos silbantes, juegos malabares y cojines de la risa que proporcionaron las únicas risas del show. El despiadado jurado sentado en las sillas plegables que tenían enfrente se quedó callado por diez tensos minutos hasta que recordó que disponía de media tonelada de canapés de atún y huevos rellenos para azuzar a los payasos a marcharse con sus trastos a toda prisa. Aun debieron dar gracias a que no emplearon tenedores, cuchillos y cucharillas que algún inconsciente había dejado al alcance de sus regordetas manos.
El teatro de guiñoles duró aún menos. Cuando los tres actores ─dos hombres y una mujer joven─ empezaron a montar el escenario de cartón y madera, los niños se miraron entre sí con el ceño fruncido. Cuando el presentador les fue anticipando la historia venidera, los niños hicieron acopio de más munición. Cuando la chica, temblando, abrió una cesta de mimbre para buscar el guiñol correspondiente, cometió un gran error: dejó que los niños oliesen su miedo.
Tomás y Anabel, o Anabel y Tomás, que solo ellos dos concedían importancia ─mucha─ a tal cuestión, eran dos abogados de gran reputación pertenecientes a una firma cuyo nombre solo debía pronunciarse desde el centro de un pentagrama pintado con la sangre de los litigantes a los que acababan de arruinar. Siempre hambrientos de añadir nuevas amistades ─presas─ a su círculo social, no perdían la ocasión de celebrar fechas tan señaladas como aquella para estrechar lazos ─al cuello y al bolsillo─ con la más selecta ─¡ejem!─ élite de la ciudad.
A pesar de su tierna edad, Quico tenía sobrada experiencia en saber cómo eran sus padres, cómo eran sus convidados y cómo iba a ser su fiesta de cumpleaños.
Una mierda.
Era un muchachuelo regordete, de cabello cobrizo, sonrisa dentuda y que aparentaba unos cuantos años más que cualquiera de su clase. Celebraba su décimo cumpleaños, y sus progenitores, esposos entregados a la felicidad de su anexo desgravable a Hacienda, habían alquilado una terraza de inmejorables vistas urbanas en lo alto de un magnífico hotel. Para beber, se ofrecieron gaseosas baratas para los críos y buen licor para los padres. Disponían, además, de un distinguido servicio de catering con variados canapés, huevos rellenos decorados con diferentes motivos, tostaditas crujientes, tarros de coloridas salsas, empanadillas y otras muchas exquisiteces. Las habían colocado ordenaditas en las bandejas de plata como si se tratase de un desfile de soldados que a paso marcial habían sido destinados a primera línea de combate de una guerra cruenta y atroz que nunca entenderían. El enemigo, de muy buen saque, por cierto, masacró los batallones a los diez minutos de verse las caras. Los padres invitados ─el enemigo─ eran socios, clientes, rivales y contactos de renombre; en definitiva, todos aquellos que bien valía la pena tener a la vista.
Según observó Quico, hasta invitaron a alguno de sus amigos a la fiesta. Un error lo tenía cualquiera.
Allá a las seis de la tarde, por eso de que los críos se callasen de una vez, empezó el espectáculo. Los espectáculos, mejor dicho. No en vano, todo era poco para celebrar lo que estuvieran celebrando.
Los payasos fueron decepcionantes. Un hombre y una mujer, vestidos con trajes de colores estrafalarios y numerosas capas de pintura chillona en la cara, se afanaron por distraer a los niños con falsas caídas, cachiporras de goma, globos silbantes, juegos malabares y cojines de la risa que proporcionaron las únicas risas del show. El despiadado jurado sentado en las sillas plegables que tenían enfrente se quedó callado por diez tensos minutos hasta que recordó que disponía de media tonelada de canapés de atún y huevos rellenos para azuzar a los payasos a marcharse con sus trastos a toda prisa. Aun debieron dar gracias a que no emplearon tenedores, cuchillos y cucharillas que algún inconsciente había dejado al alcance de sus regordetas manos.
El teatro de guiñoles duró aún menos. Cuando los tres actores ─dos hombres y una mujer joven─ empezaron a montar el escenario de cartón y madera, los niños se miraron entre sí con el ceño fruncido. Cuando el presentador les fue anticipando la historia venidera, los niños hicieron acopio de más munición. Cuando la chica, temblando, abrió una cesta de mimbre para buscar el guiñol correspondiente, cometió un gran error: dejó que los niños oliesen su miedo.
En fin, salieron a mayor velocidad que los payasos, lamentando que Herodes no
regresara de entre los muertos para la culminación de su gran obra.
Por último, el mago. A los niños les gustaba la magia. Eso comentaron los padres ─¿ya había mencionado que se llamaban Tomás y Anabel? Por si acaso─. Así que contrataron a un joven de veintitantos años, alto, espigado, de cabello oscuro ensortijado y mirada bovina parapetado tras unas gafas de pasta. Vestía lo que se suponía que era una especie de frac blanco con adornos conformados con lentejuelas brillantes. No tardó mucho en quedar claro que su experiencia era limitada, su currículo, exagerado y, sus honorarios, modestos. Con muy poca perspicacia había decidido llamarse el Gran Nemo.
No pasó ni tres segundos hasta que se le acuñó con el sobrenombre de Nemo el memo. El chico de la ocurrencia fue, desde luego, Quico, consiguiendo más carcajadas que los payasos y los actores de los guiñoles juntos. En voz baja, Nemo le bautizó como Quico cara de mico. Empate.
Los trucos de cartas fueron, siendo magnánimos, aburridos.
─¿Es esta tu carta? ─preguntó un acalorado Nemo a Quico. Éste negó con la cabeza. En realidad sí lo era, pero se aburría y encontró en el sudoroso rostro del joven algo de sustancioso entretenimiento. Dos a uno.
Alguien desde el público, gritó:
─¡Yo si tengo tu carta... de despido, Nemo el memo!
Los cabroncetes..., es decir, los niños, se echaron a reír con ganas. Lejos de ellos, al
fondo de la sala, los padres de los chicos dirigieron algún que otro vistazo hacia allí, y corroborando que ninguno había activado la alarma ni prendido fuego a nada importante, y que parecían estar divirtiéndose, volvieron a lo que les tocaba. Solo uno de ellos, Tomás, quedó extrañado:
─¿Pero no habían unos payasos? ─La cuestión no tardó en quedar olvidada.
El mago continuó. Guardadas las cartas y abucheado cuando mostró una ristra de anillas de acero aparentemente imposibles de desligar, el Gran Nemo parecía un tanto perdido en mitad de su sencillo escenario constituido por una gran caja y una mesita de madera cubierta por un tapete. El frac había dejado de ser blanco inmaculado para tornarse, en las axilas y en el cuello, de un gris sucio y húmedo. Los chavales le taladraban con la mirada. Él, que había presenciado el fusilamiento alimentario de sus antecesores, buscaba con la mirada la puerta de doble hoja, única vía de escape de aquel infierno.
Quico le ayudó a centrarse:
─Quiero que hagas aparecer algo de un sombrero ─exigió con el ceño fruncido. Sus pecas se multiplicaron con su creciente malhumor.
─Claro, hijo... ─balbuceó Nemo.
─¡No soy tu hijo! ─le increpó Quico adelantando un paso en su dirección como una velada amenaza. Se volvió hacia el rincón adulto─. ¡Papá, este idiota no quiere sacar una paloma de un sombrero! ¡Que lo haga ya! ¡YA!
El coro que repetía Nemo el Memo apenas si tuvo mella en él. En cambio, Anabel fue más contundente:
─¡Oye, nada de asquerosas palomas! ─le previno─. ¿Es que no sabes que esos bichos comen todo tipo de porquerías y están llenos de virus? ¡Y se cagan en todas partes!
─No, señora, descuide, nunca uso palomas...
─Oye ─intervino Tomás un tanto molesto por ver interrumpida su charla con un posible cliente─, espabila con tu número o ahí tienes la puerta.
─Sí, señor, ense...
─¡Idiota...! ─se escuchó por el fondo hasta que su voz quedó engullida por el murmullo de muchos adultos farfullando sobre cosas importantes.
Quico seguía en sus trece.
Por último, el mago. A los niños les gustaba la magia. Eso comentaron los padres ─¿ya había mencionado que se llamaban Tomás y Anabel? Por si acaso─. Así que contrataron a un joven de veintitantos años, alto, espigado, de cabello oscuro ensortijado y mirada bovina parapetado tras unas gafas de pasta. Vestía lo que se suponía que era una especie de frac blanco con adornos conformados con lentejuelas brillantes. No tardó mucho en quedar claro que su experiencia era limitada, su currículo, exagerado y, sus honorarios, modestos. Con muy poca perspicacia había decidido llamarse el Gran Nemo.
No pasó ni tres segundos hasta que se le acuñó con el sobrenombre de Nemo el memo. El chico de la ocurrencia fue, desde luego, Quico, consiguiendo más carcajadas que los payasos y los actores de los guiñoles juntos. En voz baja, Nemo le bautizó como Quico cara de mico. Empate.
Los trucos de cartas fueron, siendo magnánimos, aburridos.
─¿Es esta tu carta? ─preguntó un acalorado Nemo a Quico. Éste negó con la cabeza. En realidad sí lo era, pero se aburría y encontró en el sudoroso rostro del joven algo de sustancioso entretenimiento. Dos a uno.
Alguien desde el público, gritó:
─¡Yo si tengo tu carta... de despido, Nemo el memo!
Los cabroncetes..., es decir, los niños, se echaron a reír con ganas. Lejos de ellos, al
fondo de la sala, los padres de los chicos dirigieron algún que otro vistazo hacia allí, y corroborando que ninguno había activado la alarma ni prendido fuego a nada importante, y que parecían estar divirtiéndose, volvieron a lo que les tocaba. Solo uno de ellos, Tomás, quedó extrañado:
─¿Pero no habían unos payasos? ─La cuestión no tardó en quedar olvidada.
El mago continuó. Guardadas las cartas y abucheado cuando mostró una ristra de anillas de acero aparentemente imposibles de desligar, el Gran Nemo parecía un tanto perdido en mitad de su sencillo escenario constituido por una gran caja y una mesita de madera cubierta por un tapete. El frac había dejado de ser blanco inmaculado para tornarse, en las axilas y en el cuello, de un gris sucio y húmedo. Los chavales le taladraban con la mirada. Él, que había presenciado el fusilamiento alimentario de sus antecesores, buscaba con la mirada la puerta de doble hoja, única vía de escape de aquel infierno.
Quico le ayudó a centrarse:
─Quiero que hagas aparecer algo de un sombrero ─exigió con el ceño fruncido. Sus pecas se multiplicaron con su creciente malhumor.
─Claro, hijo... ─balbuceó Nemo.
─¡No soy tu hijo! ─le increpó Quico adelantando un paso en su dirección como una velada amenaza. Se volvió hacia el rincón adulto─. ¡Papá, este idiota no quiere sacar una paloma de un sombrero! ¡Que lo haga ya! ¡YA!
El coro que repetía Nemo el Memo apenas si tuvo mella en él. En cambio, Anabel fue más contundente:
─¡Oye, nada de asquerosas palomas! ─le previno─. ¿Es que no sabes que esos bichos comen todo tipo de porquerías y están llenos de virus? ¡Y se cagan en todas partes!
─No, señora, descuide, nunca uso palomas...
─Oye ─intervino Tomás un tanto molesto por ver interrumpida su charla con un posible cliente─, espabila con tu número o ahí tienes la puerta.
─Sí, señor, ense...
─¡Idiota...! ─se escuchó por el fondo hasta que su voz quedó engullida por el murmullo de muchos adultos farfullando sobre cosas importantes.
Quico seguía en sus trece.
─¡Quiero el truco del sombrero! ─insistió cruzándose de brazos. Por detrás de él, los
otros niños habían iniciado una batalla usando pajitas de refresco y bolitas de papel
ensalivadas usando a Nemo como blanco principal, si bien muchos de ellos se dedicaron a
explorar el concepto de «fuego amigo».
El sombrero era más un trasto de atrezo barato que una pieza de vestir, de gran tamaño y factura tosca. Lo colocó boca arriba sobre la mesita y sacó de un bolsillo un pañuelo de seda morado...
─¡Está lleno de mocos! ─chilló Quico.
─Mocos como los que tú tienes, Caramico ─replicó un amigo suyo. Quizás no lo era tanto, pero a Nemo le cayó bien. Quico le disparó algo que no era papel mojado y que, poco antes, colgaba de su nariz.
...y cubrió el sombrero con cierta pose ceremoniosa. Arremangándose la chaqueta de su frac ─muy gris y muy húmedo─ iba retorciendo las manos en el aire a la par que canturreaba:
─Y ahora, unas palabras mágicas...
Los niños le dieron algunas sugerencias.
─¡Nemo el memo!
─¡Nemo cara de mero!
─¡Nemo que te meo!
Malditos hijos de... Pero esas tampoco eran. Escogió las que había usado en los
ensayos.
─...¡Abracadabra, pata de cabra, que un bonito conejito salga en este sombrerito!
¡Tachaaaaaan! ─concluyó jubiloso con una tensa sonrisa en el rostro congestionado.
Con un movimiento rápido, arrancó el pañuelo de su sitio y, por un momento, el silencio regresó a la zona de las sillas plegables. Una docena de ojos infantiles observaron atentamente el gran sombrero de copa que, en principio, estaba tan carente de magia y falto de vida como
poco antes.
Sin embargo...
Sin embargo, no tardaron mucho en asomarse desde el interior del sombrero dos diminutas esferas amarillentas engarzadas en lo alto de otros tantos apéndices. A aquellas antenas, pues no había forma de llamarlas de otra manera, le siguió un cuerpo rechoncho, también de color amarillo, salpicado al frente por dos ojillos de un blanco níveo. La criatura ─tampoco había alternativas al respecto─ se incorporó, agarró el borde del ala del sombrero con una manita culminada en cuatro dedos y dio un brinco tan ágil como inesperado que le llevó a aterrizar sobre la mesita. Que se hubiera conseguido que los niños siguieran en silencio sí era auténtica magia.
Mucho más tarde se sabría que el bicho ─vale, había alternativa─ en cuestión era un manhatto. Tenía forma de huevo puesto boca abajo, con las dos antenas ya mencionadas, otros tantos brazos que colgaban a los lados del cuerpo y un par de diminutos piececitos en la parte inferior. El manhatto miró el lugar con inusitada curiosidad, luego echó un vistazo al mago y saltó al suelo.
Definitivamente, aquello no era un bonito conejito; ni siquiera podría pasar por un conejito feo de cojones.
─¡Creo que se te ha caído un huevo! ─le dijo Tomás desde el otro lado de la terraza en un desafortunado momento en que se le ocurrió vigilar en qué se había gastado treinta euros contratando a alguien anunciado en una nota pegada a un buzón de correos.
─Yo no... ─tartamudeó Nemo mirando incrédulo a la criatura y al sombrero─. No sé qué es esto, señor...
─¡Ni tú ni nadie, por lo visto!
Con retraso, dos orejitas peludas se asomaron por el sombrero de copa. El show de magia proseguía. A las orejas, largas y algodonosas recubierta de una suave pelusa, le siguió una cabecita redondeada donde resaltaban dos ojos acuosos y un diminuto hociquito por donde se entreveían unos dientes aplanados. El conejito de pelaje blanco como la nieve, tímido, se detuvo un instante y les observó antes de salir del sombrero.
El sombrero era más un trasto de atrezo barato que una pieza de vestir, de gran tamaño y factura tosca. Lo colocó boca arriba sobre la mesita y sacó de un bolsillo un pañuelo de seda morado...
─¡Está lleno de mocos! ─chilló Quico.
─Mocos como los que tú tienes, Caramico ─replicó un amigo suyo. Quizás no lo era tanto, pero a Nemo le cayó bien. Quico le disparó algo que no era papel mojado y que, poco antes, colgaba de su nariz.
...y cubrió el sombrero con cierta pose ceremoniosa. Arremangándose la chaqueta de su frac ─muy gris y muy húmedo─ iba retorciendo las manos en el aire a la par que canturreaba:
─Y ahora, unas palabras mágicas...
Los niños le dieron algunas sugerencias.
─¡Nemo el memo!
─¡Nemo cara de mero!
─¡Nemo que te meo!
Malditos hijos de... Pero esas tampoco eran. Escogió las que había usado en los
ensayos.
─...¡Abracadabra, pata de cabra, que un bonito conejito salga en este sombrerito!
¡Tachaaaaaan! ─concluyó jubiloso con una tensa sonrisa en el rostro congestionado.
Con un movimiento rápido, arrancó el pañuelo de su sitio y, por un momento, el silencio regresó a la zona de las sillas plegables. Una docena de ojos infantiles observaron atentamente el gran sombrero de copa que, en principio, estaba tan carente de magia y falto de vida como
poco antes.
Sin embargo...
Sin embargo, no tardaron mucho en asomarse desde el interior del sombrero dos diminutas esferas amarillentas engarzadas en lo alto de otros tantos apéndices. A aquellas antenas, pues no había forma de llamarlas de otra manera, le siguió un cuerpo rechoncho, también de color amarillo, salpicado al frente por dos ojillos de un blanco níveo. La criatura ─tampoco había alternativas al respecto─ se incorporó, agarró el borde del ala del sombrero con una manita culminada en cuatro dedos y dio un brinco tan ágil como inesperado que le llevó a aterrizar sobre la mesita. Que se hubiera conseguido que los niños siguieran en silencio sí era auténtica magia.
Mucho más tarde se sabría que el bicho ─vale, había alternativa─ en cuestión era un manhatto. Tenía forma de huevo puesto boca abajo, con las dos antenas ya mencionadas, otros tantos brazos que colgaban a los lados del cuerpo y un par de diminutos piececitos en la parte inferior. El manhatto miró el lugar con inusitada curiosidad, luego echó un vistazo al mago y saltó al suelo.
Definitivamente, aquello no era un bonito conejito; ni siquiera podría pasar por un conejito feo de cojones.
─¡Creo que se te ha caído un huevo! ─le dijo Tomás desde el otro lado de la terraza en un desafortunado momento en que se le ocurrió vigilar en qué se había gastado treinta euros contratando a alguien anunciado en una nota pegada a un buzón de correos.
─Yo no... ─tartamudeó Nemo mirando incrédulo a la criatura y al sombrero─. No sé qué es esto, señor...
─¡Ni tú ni nadie, por lo visto!
Con retraso, dos orejitas peludas se asomaron por el sombrero de copa. El show de magia proseguía. A las orejas, largas y algodonosas recubierta de una suave pelusa, le siguió una cabecita redondeada donde resaltaban dos ojos acuosos y un diminuto hociquito por donde se entreveían unos dientes aplanados. El conejito de pelaje blanco como la nieve, tímido, se detuvo un instante y les observó antes de salir del sombrero.
La parte desagradable era que a la cabeza le seguía la mano de un segundo manhatto. La
sostenía como un trofeo sin importarle que la sangre que goteaba del animal le manchara el
brazo. El segundo manhatto echó un vistazo al público silencioso, al mago incrédulo y a los
rostros de los padres que al fin recordaban que tenían unas cosas llamadas niños a los que
debían vigilar de tanto en tanto.
Este manhatto, idéntico al primero en color y forma, se reunió con su compañero. Caminaba moviendo los brazos de forma mecánica a la par que los piececitos se meneaban con un rápido vaivén que casi los volvía invisibles. Miró su cabeza de conejo y se encogió de hombros de la única forma en que una criatura en forma de huevo invertido, descuellada, bracilarga y pernicorta, podía hacerlo. Soltó la cabeza para darle una patada, pero falló el tiro. Intentó mantener el equilibrio a base de agitar los brazos como una gallina clueca, y con su caída demostró por qué los pernicortos jamás serían unos astros del futbol.
Quico se echó a reír a carcajada limpia, bien acompañado por sus compañeros de armas y bromas. El manhatto derribado se puso de pie, caminó hacia él y se situó a medio metro del chiquillo.
Y le hizo una peineta.
Por fin, los niños ─a excepción de Quico, claro─ se pusieron a aplaudir. El padre del muchacho no quedó tan complacido con la gracia.
─¡Oye, imbécil! ─le gritó a Nemo que no sabía dónde meterse ni qué estaba pasando allí. Tampoco atinaba a comprender cómo era posible que de su sombrero estuviera saliendo un tercer ser clonado de los otros dos─. ¿Qué coño crees que estás haciendo con esos estúpidos muñecos? Coge tus mierdas de los chinos y desaparece de una puta vez.
Los otros padres que habían concurrido a la fiesta se limitaban a sonreír y a esperar acontecimientos. El espectáculo era un tanto extraño, aunque de interés creciente.
Uno de los manhattos, como respuesta, se dio la vuelta y le señaló el culo a Tomás, lo que hizo que los niños estallasen con gritos y aplausos. ¡Por fin algo divertido!
Entre los pocos que no se divertían estaba Quico. Menospreciado por un huevo con patas, y blanco de las bromas de sus, hasta entonces, cómplices, decidió rescatar su reputación maltratada por cierto bicharraco ─tercera alternativa─. Arrambló con lo que pilló de una de las mesas cercanas y se dedicó a disparar tostadas, canapés y empanadillas a la criaturita.
Al manhatto no le hizo gracia. Quico siguió en sus trece ametrallándole, mientras Tomás y Anabel decidían tomar cartas en el asunto antes de que se les fuera de las manos. Se aproximaron a los niños, el mago y los tres... ¿cinco? muñecos articulados. Un sexto salió entonces del sombrero y se reunió con los otros.
Quico podía lamentar la carencia de muchas habilidades, pero la puntería no era una de ellas y, aunque el manhatto ─uno de ellos, tanto daba─ se mostró extraordinariamente ágil, capaz de saltar como si fuera un balón de goma, terminó dándole de lleno. Ahí sí, el manhatto se dejó de tonterías y fue a la fuente de su problema, un niño gordinflón, pecoso y de sonrisa equina. Naturalmente, a alguien así no le impresionaban unos esperpentos ridículos que apenas le llegaban a la rodilla. En cuanto se puso a la distancia suficiente, levantó su pie para aplastarle con su zapatilla del cuarenta y cinco. El manhatto le esquivó. Quico no pudo hacer lo mismo cuando aquel le agarró del pie y le retorció la pierna con un giro brusco haciéndole caer al suelo cuan largo y redondo era.
La criatura ya no parecía un muñeco mecánico; ni siquiera uno japonés hecho en Taiwan. Estaba tomando un cariz demasiado serio. Cuando el manhatto le rompió la pierna, de un golpe seco, las dudas se disiparon. El crujido del hueso al fracturarse dejó la terraza en completo silencio a excepción de un grito desaforado del niño que aullaba de dolor. El manhatto vengativo quería más. Saltó al pecho del niño que sollozaba fuera de sí, le agarró rabioso una oreja, acto tan propio de una celebración de cumpleaños, y tiró de ella arrancándosela de cuajo. Ahí, la certeza de que algo raro, y peligroso, estaba pasando creció muchos enteros.
Este manhatto, idéntico al primero en color y forma, se reunió con su compañero. Caminaba moviendo los brazos de forma mecánica a la par que los piececitos se meneaban con un rápido vaivén que casi los volvía invisibles. Miró su cabeza de conejo y se encogió de hombros de la única forma en que una criatura en forma de huevo invertido, descuellada, bracilarga y pernicorta, podía hacerlo. Soltó la cabeza para darle una patada, pero falló el tiro. Intentó mantener el equilibrio a base de agitar los brazos como una gallina clueca, y con su caída demostró por qué los pernicortos jamás serían unos astros del futbol.
Quico se echó a reír a carcajada limpia, bien acompañado por sus compañeros de armas y bromas. El manhatto derribado se puso de pie, caminó hacia él y se situó a medio metro del chiquillo.
Y le hizo una peineta.
Por fin, los niños ─a excepción de Quico, claro─ se pusieron a aplaudir. El padre del muchacho no quedó tan complacido con la gracia.
─¡Oye, imbécil! ─le gritó a Nemo que no sabía dónde meterse ni qué estaba pasando allí. Tampoco atinaba a comprender cómo era posible que de su sombrero estuviera saliendo un tercer ser clonado de los otros dos─. ¿Qué coño crees que estás haciendo con esos estúpidos muñecos? Coge tus mierdas de los chinos y desaparece de una puta vez.
Los otros padres que habían concurrido a la fiesta se limitaban a sonreír y a esperar acontecimientos. El espectáculo era un tanto extraño, aunque de interés creciente.
Uno de los manhattos, como respuesta, se dio la vuelta y le señaló el culo a Tomás, lo que hizo que los niños estallasen con gritos y aplausos. ¡Por fin algo divertido!
Entre los pocos que no se divertían estaba Quico. Menospreciado por un huevo con patas, y blanco de las bromas de sus, hasta entonces, cómplices, decidió rescatar su reputación maltratada por cierto bicharraco ─tercera alternativa─. Arrambló con lo que pilló de una de las mesas cercanas y se dedicó a disparar tostadas, canapés y empanadillas a la criaturita.
Al manhatto no le hizo gracia. Quico siguió en sus trece ametrallándole, mientras Tomás y Anabel decidían tomar cartas en el asunto antes de que se les fuera de las manos. Se aproximaron a los niños, el mago y los tres... ¿cinco? muñecos articulados. Un sexto salió entonces del sombrero y se reunió con los otros.
Quico podía lamentar la carencia de muchas habilidades, pero la puntería no era una de ellas y, aunque el manhatto ─uno de ellos, tanto daba─ se mostró extraordinariamente ágil, capaz de saltar como si fuera un balón de goma, terminó dándole de lleno. Ahí sí, el manhatto se dejó de tonterías y fue a la fuente de su problema, un niño gordinflón, pecoso y de sonrisa equina. Naturalmente, a alguien así no le impresionaban unos esperpentos ridículos que apenas le llegaban a la rodilla. En cuanto se puso a la distancia suficiente, levantó su pie para aplastarle con su zapatilla del cuarenta y cinco. El manhatto le esquivó. Quico no pudo hacer lo mismo cuando aquel le agarró del pie y le retorció la pierna con un giro brusco haciéndole caer al suelo cuan largo y redondo era.
La criatura ya no parecía un muñeco mecánico; ni siquiera uno japonés hecho en Taiwan. Estaba tomando un cariz demasiado serio. Cuando el manhatto le rompió la pierna, de un golpe seco, las dudas se disiparon. El crujido del hueso al fracturarse dejó la terraza en completo silencio a excepción de un grito desaforado del niño que aullaba de dolor. El manhatto vengativo quería más. Saltó al pecho del niño que sollozaba fuera de sí, le agarró rabioso una oreja, acto tan propio de una celebración de cumpleaños, y tiró de ella arrancándosela de cuajo. Ahí, la certeza de que algo raro, y peligroso, estaba pasando creció muchos enteros.
A unos cuantos metros de distancia el sombrero de copa paría más y más seres, todos
idénticos. Una cuenta rápida les indicaba que ya eran diez..., doce, dieciséis, ¿dieciocho? No,
ya diecinueve. Apenas llegaban al suelo se escabullían entre las piernas de los hombres, las
mujeres y los niños, ubicándose en los límites de la terraza.
El espectáculo dejó de tener gracia y se impuso un entreacto bien empleado por los presentes que medían más de dos palmos de altura para correr aterrorizados hacia la única puerta de salida de aquella terraza─trampa. Una mujer, oronda e histérica, fue la primera en llegar, si bien rodeada por un nutrido grupo de personas tan desesperadas como ella, cada uno acompañado por su respectivo niño. La mujer agarró el picaporte y tiró de la puerta hacia dentro, pero, apenas la hubo abierto, se cerró de golpe sin explicación alguna. Lo intentó una segunda vez, y una tercera. Era como si una fuerza mágica... No, mágica no: amarilla. Al mirar a sus pies descubrió a tres de esos endiablados seres bloqueando su salida. No parecían de buen humor. Los padres y los críos retrocedieron, pero el espacio libre de la terraza se iba reduciendo conforme más manhattos surgían del sombrero de copa caído en el suelo. El chorro emergente de criaturas amarillas se bifurcaba en dos afluentes, rodeándoles, dejándoles a todos ellos como un islote de humanos muy asustados y muy, muy preocupados por su futuro inmediato. El padre de Quico sostenía a su hijo en brazos acompañado de su atribulada esposa que le agarraba la mano con fuerza. La familia nunca había estado tan unida antes.
Pero el espectáculo estaba lejos de terminar.
Un bando y otro guardaron silencio. Se observaron por largos minutos, estudiándose como sólo podían hacerlo los rivales de un conflicto que iba a solventarse a través de una primera sangre ya derramada. Era difícil contabilizar el número de manhattos presentes. Colapsaban la terraza a excepción del centro donde se agolpaban los rehenes. Alguien retrocedió demasiado y tropezó con una mesa haciendo que una bandeja de plata cayera al suelo desparramando cubiertos y canapés. El golpe sonoro fue un tañido de gong que forzó a las criaturas a reaccionar. La barrera delantera de manhattos se disolvió por el centro y uno de ellos, de un tamaño algo mayor y una coloración tendente al dorado, avanzó por el pasillo recién abierto arrastrando con dificultad el dichoso sombrero de copa cubierto, una vez más, con el pañuelo de seda que el mago usara en su número.
Al llegar a primera fila, dejó el sombrero bajo las narices de Tomás, Anabel y Quico. Los demás estiraron el cuello para no perder detalle.
El manhatto dorado tiró del pañuelo morado y descubrió el interior del sombrero. No había ninguna paloma, ni conejito; ni siquiera otro manhatto. Lo que contenía era algo así como una pelota cubierta de pelo. Le dio una patada al sombrero, volcándolo. Lo que salió rodando de su interior era la cabeza del Gran Nemo que los vigilaba con sus ojos bovinos. El reguero de sangre que caía del ya inexistente cuello trazó un semicírculo en las baldosas del suelo como una grotesca y amplia sonrisa.
─¡Taachaaaaaannnn! ─exclamó la criatura de piel dorada extendiendo las palmas de las manos hacia la cabeza del joven. Sin embargo, no hubo aplausos. Alguno estuvo tentado de chillar, pero todo quedó en suspiros y gemidos ahogados. Contenían la respiración de una forma muy poco recomendable médicamente. El manhatto fijó los ojos en sus atentos espectadores, y dijo con una vocecilla aguda─: Para mi siguiente truco necesitaré algo de ayuda. ¿Quién se ofrece voluntario?
Casi un centenar de manhattos, incluyendo al que parecía ser su cabecilla, aguardaron ansiosos alguna respuesta, pero no la hubo. Como siempre sucedía en estos casos, parecían estar ocupados examinando sus bolsos, los bolsillos, el suelo o al que tenían más cercano. El manhatto dorado decidió que no tendría más remedio que elegir a uno él mismo.
El espectáculo dejó de tener gracia y se impuso un entreacto bien empleado por los presentes que medían más de dos palmos de altura para correr aterrorizados hacia la única puerta de salida de aquella terraza─trampa. Una mujer, oronda e histérica, fue la primera en llegar, si bien rodeada por un nutrido grupo de personas tan desesperadas como ella, cada uno acompañado por su respectivo niño. La mujer agarró el picaporte y tiró de la puerta hacia dentro, pero, apenas la hubo abierto, se cerró de golpe sin explicación alguna. Lo intentó una segunda vez, y una tercera. Era como si una fuerza mágica... No, mágica no: amarilla. Al mirar a sus pies descubrió a tres de esos endiablados seres bloqueando su salida. No parecían de buen humor. Los padres y los críos retrocedieron, pero el espacio libre de la terraza se iba reduciendo conforme más manhattos surgían del sombrero de copa caído en el suelo. El chorro emergente de criaturas amarillas se bifurcaba en dos afluentes, rodeándoles, dejándoles a todos ellos como un islote de humanos muy asustados y muy, muy preocupados por su futuro inmediato. El padre de Quico sostenía a su hijo en brazos acompañado de su atribulada esposa que le agarraba la mano con fuerza. La familia nunca había estado tan unida antes.
Pero el espectáculo estaba lejos de terminar.
Un bando y otro guardaron silencio. Se observaron por largos minutos, estudiándose como sólo podían hacerlo los rivales de un conflicto que iba a solventarse a través de una primera sangre ya derramada. Era difícil contabilizar el número de manhattos presentes. Colapsaban la terraza a excepción del centro donde se agolpaban los rehenes. Alguien retrocedió demasiado y tropezó con una mesa haciendo que una bandeja de plata cayera al suelo desparramando cubiertos y canapés. El golpe sonoro fue un tañido de gong que forzó a las criaturas a reaccionar. La barrera delantera de manhattos se disolvió por el centro y uno de ellos, de un tamaño algo mayor y una coloración tendente al dorado, avanzó por el pasillo recién abierto arrastrando con dificultad el dichoso sombrero de copa cubierto, una vez más, con el pañuelo de seda que el mago usara en su número.
Al llegar a primera fila, dejó el sombrero bajo las narices de Tomás, Anabel y Quico. Los demás estiraron el cuello para no perder detalle.
El manhatto dorado tiró del pañuelo morado y descubrió el interior del sombrero. No había ninguna paloma, ni conejito; ni siquiera otro manhatto. Lo que contenía era algo así como una pelota cubierta de pelo. Le dio una patada al sombrero, volcándolo. Lo que salió rodando de su interior era la cabeza del Gran Nemo que los vigilaba con sus ojos bovinos. El reguero de sangre que caía del ya inexistente cuello trazó un semicírculo en las baldosas del suelo como una grotesca y amplia sonrisa.
─¡Taachaaaaaannnn! ─exclamó la criatura de piel dorada extendiendo las palmas de las manos hacia la cabeza del joven. Sin embargo, no hubo aplausos. Alguno estuvo tentado de chillar, pero todo quedó en suspiros y gemidos ahogados. Contenían la respiración de una forma muy poco recomendable médicamente. El manhatto fijó los ojos en sus atentos espectadores, y dijo con una vocecilla aguda─: Para mi siguiente truco necesitaré algo de ayuda. ¿Quién se ofrece voluntario?
Casi un centenar de manhattos, incluyendo al que parecía ser su cabecilla, aguardaron ansiosos alguna respuesta, pero no la hubo. Como siempre sucedía en estos casos, parecían estar ocupados examinando sus bolsos, los bolsillos, el suelo o al que tenían más cercano. El manhatto dorado decidió que no tendría más remedio que elegir a uno él mismo.
El que iba a ser su ayudante le ofreció un pequeño cuchillo de plata empleado para el
paté. El brillo del metal bruñido reflejaba un fino haz de luz, como un foco, y apuntaba,
apuntaba a...
EPÍLOGO
Muy lejos de allí, a más de mil kilómetros de distancia, un mago ─este de edad, aspecto, naturaleza y propósitos bien distintos al Gran Nemo─ increpaba de muy mal humor a su discípulo. Tenia el rosto rojo por la ira, y los ojos coléricos despedían chispazos de tanto en tanto. En sus viejas manos agitaba un pergamino que se había pagado con las vidas de un puñado de neófitos.
─¡Te dije que debía ser agua de luna! ¡Agua de luna!
─Lo es, Gran Abkhazán ─se defendió el joven, un adolescente de cabeza rapada llamado, simplemente, Cot─. ¡Le juro que lo es! Yo misma la recogí, amo.
─Y doce cañas de bambús sagradas.
─También lo son ─respondió aquel.
El Gran Abkhazán releyó el pergamino arrugado que ya mostraba cierto deterioro en sus
bordes. Pasó la vista por los garabatos escritos y movió los labios conforme leía.
─¿Y la sangre de una cabra preñada?
─También, amo. De cuatro meses. Era una cabra sagrada, de raza. En eso no pudo haber
error.
Abkhazán agitó la cabeza.
─¡Pues ha de ser la virgen! ─concluyó exasperado.
─Pero, amo...
─¡No me mientas! Los demás ingredientes estaban bien. ¡Yo mismo los guardaba a
salvo! Ha de ser la muchacha virgen. ¿Era virgen?
Dos pares de ojos se desviaron hacia el altar cuyos grabados laterales se habían
empapado con la sangre de una jovencita tendida en su superficie. Estaba desnuda, y un mango de ébano tallado asomaba por su vientre desgarrado de parte a parte.
─Lo era, amo.
─El Conjuro Terrible Manhatto especificaba las instrucciones, los ingredientes y el resultado: «Un ejército de criaturas embebidas de maldad pura obedientes a la voz de aquel que las invoque».
─Los preparativos se llevaron a cabo escrupulosamente. ¡Me aseguré de ello!
─Entonces, ¿cómo explicas esto, idiota? ─Alargó un brazo y le puso ante la cara el cuerpo descabezado de un conejo de pelaje blanco─. Habla, ¿cómo lo explicas? Y, aún más importante, ¿puedes decirme dónde está mi ejército de manhattos?
EPÍLOGO
Muy lejos de allí, a más de mil kilómetros de distancia, un mago ─este de edad, aspecto, naturaleza y propósitos bien distintos al Gran Nemo─ increpaba de muy mal humor a su discípulo. Tenia el rosto rojo por la ira, y los ojos coléricos despedían chispazos de tanto en tanto. En sus viejas manos agitaba un pergamino que se había pagado con las vidas de un puñado de neófitos.
─¡Te dije que debía ser agua de luna! ¡Agua de luna!
─Lo es, Gran Abkhazán ─se defendió el joven, un adolescente de cabeza rapada llamado, simplemente, Cot─. ¡Le juro que lo es! Yo misma la recogí, amo.
─Y doce cañas de bambús sagradas.
─También lo son ─respondió aquel.
El Gran Abkhazán releyó el pergamino arrugado que ya mostraba cierto deterioro en sus
bordes. Pasó la vista por los garabatos escritos y movió los labios conforme leía.
─¿Y la sangre de una cabra preñada?
─También, amo. De cuatro meses. Era una cabra sagrada, de raza. En eso no pudo haber
error.
Abkhazán agitó la cabeza.
─¡Pues ha de ser la virgen! ─concluyó exasperado.
─Pero, amo...
─¡No me mientas! Los demás ingredientes estaban bien. ¡Yo mismo los guardaba a
salvo! Ha de ser la muchacha virgen. ¿Era virgen?
Dos pares de ojos se desviaron hacia el altar cuyos grabados laterales se habían
empapado con la sangre de una jovencita tendida en su superficie. Estaba desnuda, y un mango de ébano tallado asomaba por su vientre desgarrado de parte a parte.
─Lo era, amo.
─El Conjuro Terrible Manhatto especificaba las instrucciones, los ingredientes y el resultado: «Un ejército de criaturas embebidas de maldad pura obedientes a la voz de aquel que las invoque».
─Los preparativos se llevaron a cabo escrupulosamente. ¡Me aseguré de ello!
─Entonces, ¿cómo explicas esto, idiota? ─Alargó un brazo y le puso ante la cara el cuerpo descabezado de un conejo de pelaje blanco─. Habla, ¿cómo lo explicas? Y, aún más importante, ¿puedes decirme dónde está mi ejército de manhattos?
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